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Tener en cuenta el morir para aprender a vivir

En este momento de la historia la mente humana está poco acostumbrada a reflexionar. Esa reflexión, que a los antiguos les pareció distintivo de nuestra “superioridad” frente a otras especies, no tiene cabida entre nuestros hábitos. Actualmente, todo se nos es dado desde afuera. Buscamos información en fuentes externas que consideramos fiables por sistema. Así mismo, una vida frenética como la que vivimos deja poco espacio para ir hacía dentro y acceder a nuestra propia sabiduría. Debido a esta ausencia de reflexión vivimos nuestra vida como si fuera a durar eternamente. No hay lugar para considerar la posibilidad de que un día vamos a morir.

El nacimiento y el olvido

Desde el momento que nacemos, comenzamos un camino que nos dirige, ineludiblemente, hacía el siguiente proceso vital al que denominamos muerte. Al espacio entre el nacer y el morir lo denominamos vida. Durante ese periodo que, ilusoriamente, llamamos “nuestra vida”, perdemos la perspectiva de que ese vivir tiene fecha de caducidad.

Unsplash/Alex Hockett

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En general, la vida de un ser un ser humano corriente se desarrolla en un ajetreado ir y venir. Este ajetreo casi siempre es bastante inconsciente. Nos embarcamos en luchas y afanes que nos mantienen ocupados.  La mayoría de las veces estas luchas las realizamos de manera automática. Durante gran parte de nuestra vida vivimos sumidos en anhelos, aspiraciones, apetencias y deseos. Y, normalmente, nos tomamos todo este trajín sumamente en serio…

Los giros de la vida

En todo este proceso del vivir nos solemos olvidar de los giros inesperados que la vida nos ofrece. Cuando aparecen esos vaivenes, nos vemos obligados a plantearnos cosas que antes ni siquiera teníamos en cuenta. Gracias a ellos, es posible que tengamos vislumbres de la fecha de caducidad de nuestro cuerpo físico.

Nuestra forma de entender la existencia nos obliga a llamar contratiempos a dichos giros. Cualquier situación como una enfermedad o cambio de estado o modo de vida, desestructura nuestro mundo de tal forma, que nos obliga a hacer un alto y nos ofrece espacio para la reflexión. Desafortunadamente, hoy en día, incluso en estos casos, esa reflexión la hacen pocas personas. Lo normal es poner algún parche farmacológico a ese “malestar” y seguir con la misma actividad frenética que nos condujo hacía ese desequilibrio.

Pixabay/Free-Photos

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Hacer un alto en el camino

Otra forma de afrontar estas paradas obligatorias es aprovechando la ocasión para reflexionar acerca de nuestro vivir. En esas ocasiones, si nos damos el espacio para sentirlo, es muy posible que conectemos con nuestra infinita naturaleza. 

En nuestra cultura, la finitud que caracteriza a nuestro cuerpo está casi escondida debajo de la alfombra. El morir no está de moda. Se nos obliga a vivir con este concepto fuera de nuestro pensamiento. De forma inconsciente, nos sentimos cómodos obviando este proceso porque así sentimos que el miedo se sofoca. Sin embargo, cuando llega ese momento, nos sorprende y nos asusta tanto que, al final, la mayoría de las personas prefieren un morir inconsciente.

Si pudiéramos conectar con la ineludible realidad de nuestra muerte es muy posible que nos diéramos de bruces con la naturaleza inmortal que yace en nuestro interior. Nuestra sociedad está hambrienta de transcendencia. Necesitamos con urgencia hacer un espacio en nuestras vidas que nos conecte con esa dimensión que nos habita.

Unsplash/Andie Rieger

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Una vida consciente es un pasaje para una muerte consciente. El proceso de morir forma parte de la vida y, de la misma manera que podemos disfrutar de la vida, también es posible disfrutar de la muerte. El secreto para ese disfrute es ir aceptando las pequeñas muertes que en nuestra vida se producen desde el momento de nuestro nacimiento.


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La importancia de hacer un buen duelo

La muerte, aunque no seamos conscientes de ello, forma parte de la vida. En nuestra cultura la muerte es un tema tabú del que nadie quiere hablar. Cómo mucho, algunas personas, se permiten utilizar el humor negro para quitarle hierro. Sin embargo, si tratáramos este tema de forma más consciente, nuestra forma de vivir sería muy distinta. Así mismo, normalizaríamos el proceso y el llevar a cabo un buen duelo.

¿A qué llamamos duelo?

Cuándo sufrimos una pérdida, del tipo que sea, necesitamos ser capaces de experimentar un duelo. Tanto la pérdida de una identidad a la que nos aferramos, como el abandono o la muerte, son situaciones que nos harán experimentar turbulencias emocionales.

Pixabay/anca

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Cada persona experimentará este proceso de manera distinta pudiendo aparecer una enorme gama de síntomas de toda índole. La tristeza, la negación, el miedo, la ansiedad, la confusión, etc.

Las pequeñas muertes

Si viviéramos de una manera más consciente, nos daríamos cuenta de las pequeñas muertes a las que nos enfrentamos a menudo. De esta manera, aprendiendo a “morir”en las pequeñas cosas, nos haría más fácil el encuentro con la muerte con mayúsculas.

El hecho de enfrentarnos a una pérdida, del tipo que sea, nos conduce a una experiencia emocional que denominamos duelo. Si llevamos a cabo este proceso adecuadamente nos adaptaremos bien a la nueva situación. La herida causada por la pérdida necesita de cuidado y tiempo para poder ser sanada.

Pixabay/Karen_Nadine

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Fases del duelo

Aunque no todo el mundo lo experimenta de la misma manera, existen cuatro fases por las que se pasa cuando experimentamos una pérdida:

  • Negación. En un principio parece imposible que aquello haya sucedido. Con esta negación intentamos controlar de alguna manera lo que ya no se puede controlar. Esta es una etapa de gran bloqueo. Algunas personas no niegan la pérdida pero si niegan el dolor que sienten.
  • Enfado. Sentirnos enfadados es muy humano y normal en estos casos. De hecho, es muy saludable ser capaces de contactar con la rabia que sentimos.
  • Negociación. En esta etapa, algunas personas, imaginan que pueden hacer algo por revertir lo que ha pasado. Intentan, de diferentes formas, encontrar soluciones que no son reales.
  • Depresión y tristeza. Según pasa el tiempo, la persona se va permitiendo sentir la tristeza y el dolor. Esta es una etapa en la que la energía es muy baja. Aún así, una vez aquí, la reconstrucción de la vida después de la pérdida ya se podrá producir
  • Aceptación. Cuando ya hemos sentido todo lo anterior llega este último paso. Aunque no es fácil aceptar, la mejor forma de enfrentar el futuro es a través de la aceptación de lo que ha sucedido. Es una ardua tarea pero merece la pena. Es importante no confundir aceptación con resignación.
Pixabay/Larisa-K

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El vivir es un proceso en el que nada permanece para siempre. Las pérdidas forman parte de la vida. Perdemos relaciones, situaciones, la juventud, a veces la salud, y en nuestra mano está ser capaces de soltar con facilidad. Además, si  tuviéramos presente no la posibilidad de esas pérdidas, nuestra vida sería más plena. En cualquier caso, cualquier pérdida debe ir seguida de un buen duelo que nos permita pasar a la siguiente etapa libres de cargas.