Category Archives: Psicología

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¿Conoces las constelaciones familiares?

Dentro de cada familia se desempeñan distintos roles tanto de forma consciente como inconsciente. Una estupenda herramienta para poder observar y sanar las diferentes alteraciones en la armonía familiar son las Constelaciones Familiares. En esta entrada te vamos a explicar de qué se trata y qué beneficios tiene.

El origen de las Constelaciones Familiares

El creador de esta técnica terapeútica fue Bert Hellinger. Durante 16 años, este pedagogo, teológo y filósofo fue misionero en Sudáfrica. Después de esto su formación paso por el Psicoanálisis, la Hipnoteriapia, la Terapia Gestalt, la PNL y la Dinámica de Grupo. Gracias a sus estudios desarrolló una visión multigeneracional para resolver distintos problemas, desarrollando la Terapia Sistémica. Más adelante, observó que existían ciertos sistemas de compensación que los grupos familiares utilizan y desde ahí, creó las llamadas Órdenes del Amor.

Bert Hellinger

Bert Hellinger

La lealtad al clan familiar

Las constelaciones familiares nos muestran que existe un tipo de conciencia a nivel familiar. Este gran alma que forma una familia lleva a sus miembros a tener que cumplir ciertas leyes para mantener el orden que mantiene el amor entre el grupo. Si ese orden se altera aparece una tendencia a intentar equilibrarlo aunque sea en perjuicio de alguno de sus miembros. Aquí es donde la técnica actúa restableciendo el orden original.

Según Hellinger, muchos de nuestros síntomas, comportamientos y sentimientos no tienen que ver con nuestra historia personal. En muchas ocasiones su origen está en una deslealtad familiar que pasa de una generación a otra para ser regulado.

El trabajo con Constelaciones Familiares aporta luz a los conflictos familiares para poder repararlos y poder liberar a aquellas personas que cargan con ellos.

Pixabay/pixel2013

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¿Necesitamos trabajar con nuestra propia familia?

Esta herramienta no necesita que nuestra familia esté presente para poder desarrollar su terapeútica. Es suficiente con que una persona de la familia esté presente. El trabajo se realiza en un grupo en el que participan personas interesadas en resolver sus propios asuntos y en ayudar a los demás a resolver los suyos. Además del tema familiar también se pueden abordar temas relacionados con otras áreas de la vida como la pareja o el trabajo, por ejemplo.

¿Cómo se desarrolla un taller de Constelaciones?

Esta técnica es muy sencilla. El experto hace una invitación a aquellas personas del grupo que quieran participar. Los trabajos se realizarán sobre cuestiones familiares o individuales. La persona que dirige el taller decidirá qué asuntos son los que tienen peso suficiente para que sean trabajados.

Comenzará una de las personas del grupo especificando el asunto de su vida que le causa dificultad. Después, el terapeuta planteará preguntas que ayuden a clarificar si es necesario. Una vez aclarado el tema se pide a la persona en cuestión que seleccione a las personas que representarán a los familiares relacionados con el problema incluyéndole a él mismo. Cuando ya ha sido seleccionadas, estas personas serán situadas en determinados lugares siguiendo su propia intuición.

Ese grupo de personas llevará a cabo una representación que reflejará lo que le sucede a esa persona. Gracias a ello, se podrá observar desde el exterior qué dinámicas y lealtades familiares ocultas están actuando. En todo este proceso el terapeuta acompañará a la persona ayudándola a reconocer la realidad y orientando la situación. Poco a poco, se irá buscando una forma de solucionarlo dándole continuidad y fuerza para el futuro.

 

Las Constelaciones Familiares operan a niveles que se escapan de nuestra percepción ordinaria. Lo más interesante es que todas las personas del clan familiar se ven afectadas por el trabajo que hace solo una de ellas, aunque el resto no estén presentes.


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Practicar yoga mejora la depresión

La depresión es una enfermedad que cada vez más personas padecen. Afortunadamente, tenemos muchas herramientas a nuestro alcance para mejorar o prevenir ese estado que tanto nos paraliza. La práctica del yoga es una de esas herramientas que nos ayudará a aliviar los síntomas y también a prevenir, en gran medida, los estados depresivos.

¿A qué llamamos depresión?

Probablemente habrás escuchado a muchas personas decir que “están depres”. Esta forma de hablar es muy común pero no tiene nada que ver con una depresión real. Las personas que nunca han sufrido una depresión suelen creer que tristeza y depresión es lo mismo. Esto no es cierto. La tristeza es un sentimiento muy sano que nos visita de vez en cuando y, tras haber hecho su cometido, nos abandona dejando paso a otro tipo de emociones. Sin embargo, la persona deprimida se encuentra en un estado de tristeza y apatía permanente que no le permite llevar una vida normal por mucho que lo desee. La depresión afecta al organismo de manera global.

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Yoga y depresión

Las personas deprimidas suelen encontrar mucha dificultad en llevar a cabo cualquier actividad. No obstante, una vez traspasado esta primer sensación de apatía gracias a la fuerza de voluntad, el yoga puede serles de gran ayuda.

La práctica del yoga se considera un ejercicio físico. Sin embargo su influencia se extiende también a la parte mental y espiritual de aquel que la practica. Cuando practicamos yoga se produce una reconexión en todo nuestro ser y nos ponemos en contacto con nuestro yo más profundo.

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Beneficios de la práctica del yoga

Como ya hemos comentado, el yoga puede ser una valiosa ayuda para las personas con depresión. Entre sus multiples beneficios encontramos:

Mejora la voluntad

Las personas deprimidas tienen grandes problemas para ponerse en acción. El hecho de ser capaz de asistir a una clase de yoga pondrá en marcha la disciplina y el autocontrol que serán de gran ayuda para que esa voluntad se recupere.

Facilita el descanso

El insomnio es uno de los compañeros, a veces inseparables, de las personas deprimidas. Al practicar los ejercicios respiratorios la persona encuentra que se siente más relajada. La tensión muscular desaparece y, consecuentemente, la persona será capaz de dormir mejor.

Es un bálsamo para el sistema nervioso

De la misma manera que los ejercicios de respiración facilitan el descanso, también equilibran el sistema nervioso. La práctica del yoga ayuda a equilibrar los sistemas simpático y parasimpático, haciendo que la persona deprimida se sienta mejor.

Mejora la concentración

Los ejercicios que se practican en el yoga activan nuestra atención. Al focalizarnos en nuestra respiración y a la vez en los movimientos de nuestro cuerpo, la concentración aumenta.

Es de gran ayuda para relativizar

Con la práctica del yoga nuestro discurso mental pasa a un segundo plano proporcionando un respiro a todo el organismo. Estos pequeños descansos a nivel mental ayudarán a la persona deprimida a poner cierta distancia entre su tristeza y ella misma. De esta manera resulta más fácil relativizar.

Fomenta las relaciones sociales

Los grupos de personas que practican yoga son una estupenda terapia en si misma para las personas deprimidas que, por norma, suelen tender al aislamiento. El compromiso con su clase de yoga y la compañía de otras personas conseguirá que la persona se sienta acompañada y su estado de ánimo mejore.

 

En resumen, podemos afirmar que el yoga es de gran ayuda para mejorar los estados depresivos. Por supuesto, esta técnica siempre será un complemento a otro tipo de terapias que también están indicadas para tratar la depresión.


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Tener en cuenta el morir para aprender a vivir

En este momento de la historia la mente humana está poco acostumbrada a reflexionar. Esa reflexión, que a los antiguos les pareció distintivo de nuestra “superioridad” frente a otras especies, no tiene cabida entre nuestros hábitos. Actualmente, todo se nos es dado desde afuera. Buscamos información en fuentes externas que consideramos fiables por sistema. Así mismo, una vida frenética como la que vivimos deja poco espacio para ir hacía dentro y acceder a nuestra propia sabiduría. Debido a esta ausencia de reflexión vivimos nuestra vida como si fuera a durar eternamente. No hay lugar para considerar la posibilidad de que un día vamos a morir.

El nacimiento y el olvido

Desde el momento que nacemos, comenzamos un camino que nos dirige, ineludiblemente, hacía el siguiente proceso vital al que denominamos muerte. Al espacio entre el nacer y el morir lo denominamos vida. Durante ese periodo que, ilusoriamente, llamamos “nuestra vida”, perdemos la perspectiva de que ese vivir tiene fecha de caducidad.

Unsplash/Alex Hockett

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En general, la vida de un ser un ser humano corriente se desarrolla en un ajetreado ir y venir. Este ajetreo casi siempre es bastante inconsciente. Nos embarcamos en luchas y afanes que nos mantienen ocupados.  La mayoría de las veces estas luchas las realizamos de manera automática. Durante gran parte de nuestra vida vivimos sumidos en anhelos, aspiraciones, apetencias y deseos. Y, normalmente, nos tomamos todo este trajín sumamente en serio…

Los giros de la vida

En todo este proceso del vivir nos solemos olvidar de los giros inesperados que la vida nos ofrece. Cuando aparecen esos vaivenes, nos vemos obligados a plantearnos cosas que antes ni siquiera teníamos en cuenta. Gracias a ellos, es posible que tengamos vislumbres de la fecha de caducidad de nuestro cuerpo físico.

Nuestra forma de entender la existencia nos obliga a llamar contratiempos a dichos giros. Cualquier situación como una enfermedad o cambio de estado o modo de vida, desestructura nuestro mundo de tal forma, que nos obliga a hacer un alto y nos ofrece espacio para la reflexión. Desafortunadamente, hoy en día, incluso en estos casos, esa reflexión la hacen pocas personas. Lo normal es poner algún parche farmacológico a ese “malestar” y seguir con la misma actividad frenética que nos condujo hacía ese desequilibrio.

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Hacer un alto en el camino

Otra forma de afrontar estas paradas obligatorias es aprovechando la ocasión para reflexionar acerca de nuestro vivir. En esas ocasiones, si nos damos el espacio para sentirlo, es muy posible que conectemos con nuestra infinita naturaleza. 

En nuestra cultura, la finitud que caracteriza a nuestro cuerpo está casi escondida debajo de la alfombra. El morir no está de moda. Se nos obliga a vivir con este concepto fuera de nuestro pensamiento. De forma inconsciente, nos sentimos cómodos obviando este proceso porque así sentimos que el miedo se sofoca. Sin embargo, cuando llega ese momento, nos sorprende y nos asusta tanto que, al final, la mayoría de las personas prefieren un morir inconsciente.

Si pudiéramos conectar con la ineludible realidad de nuestra muerte es muy posible que nos diéramos de bruces con la naturaleza inmortal que yace en nuestro interior. Nuestra sociedad está hambrienta de transcendencia. Necesitamos con urgencia hacer un espacio en nuestras vidas que nos conecte con esa dimensión que nos habita.

Unsplash/Andie Rieger

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Una vida consciente es un pasaje para una muerte consciente. El proceso de morir forma parte de la vida y, de la misma manera que podemos disfrutar de la vida, también es posible disfrutar de la muerte. El secreto para ese disfrute es ir aceptando las pequeñas muertes que en nuestra vida se producen desde el momento de nuestro nacimiento.


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Indecisión, una llamada a ir hacía dentro

Son muchos los momentos en los que la vida nos exige que tomemos una decisión. Sin embargo, la claridad respecto a cuál es la mejor elección no suele visitarnos en esos momentos. Por ese motivo, cuando estamos indecisos, sin saber que camino tomar, lo mejor es parar, recapacitar y, por el momento, no hacer nada. La indecisión puede ser una buena ocasión para conectar con nuestro interior.

La sociedad del hacer

En una ocasión escuché la siguiente frase: “Si no sabes que hacer, mejor no hagas nada”. A lo largo de mi vida, siempre que he empleado esta máxima todo ha ido sobre ruedas.

La sociedad en la que nos movemos contempla con poca simpatía la opción de no hacer nada. Parece que si no estamos en continuo movimiento y actividad no aportamos todo lo que se espera de nosotros. Por este motivo nuestro vivir se torna cada vez más agitado y confuso. Son muchas las ocasiones en las que hacemos las cosas sin saber muy bien por qué. Hay que hacer…. Lo qué sea pero hacer…

Un alto en el camino

Cuando la vida se torna confusa lo mejor que podemos hacer es aprovechar la ocasión para hacer un alto en el camino. Si conseguimos que la actividad a la que normalmente estamos acostumbrados se ralentice, todo comenzará a parecer mucho más claro.

La calma hace que el agua turbia se aclare. Además, desde la tranquilidad, podemos tomar el papel de testigos de la situación que nos preocupa. Desde esa posición se ven mucho más fácilmente todas las opciones y, por lo tanto, escogeremos aquella que más nos convenga con mayor discernimiento.

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No te lances a actuar sin antes reflexionar

Son pocas las cosas que requieren atención urgente en esta vida. Sin embargo, vivimos como si fuera justo al contrario. Parece que todo necesita ser resuelto de manera inmediata. Corremos, corremos y corremos sin preguntarnos el porqué de estas carreras.

En cualquier encrucijada que puedas encontrarte recuerda que antes de actuar es mejor que te detengas. Haz una pausa, respira y tómate todo el tiempo que te sea posible para ver si la respuesta llega a ti. En ese estado de calma es más fácil que la parte de ti que tome partido sea aquella que posee la sabiduría. El pequeño yo, que poco entiende de las razones que tiene la vida para que ocurran las cosas, siempre reacciona de forma incontrolada y poco acertada. Tu verdadero Yo siempre subyace bajo la calma y la tranquilidad esperando a ser escuchado.

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Todo en la creación lleva un ritmo que hay que respetar. Los seres humanos olvidamos sin querer que esos ritmos existen y así nos luce el pelo. Recuerda, casi nada que valga la pena se hizo de manera apresurada. Ralentiza tu vida, y todo será mucho más fácil.

 


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La mente dual: vivir sin etiquetas

La mente humana, cuyo mayor cometido es mantenernos a salvo, puede ser la responsable de muchos malestares. Una mente que no vaya más allá de sus funciones puede ser una gran amiga y compañera. Sin embargo, cuando la mente nos engatusa seduciéndonos con el juego de los juicios y opuestos, de amiga se convertirá en enemiga.

Creencias y experiencias pasadas

Nuestra mente funciona a partir de las creencias heredadas, así como de aquellas opiniones que las experiencias vividas nos han dejado como regalo. Por ejemplo, gracias a que un día nos quemó el fuego, es muy posible que no nos vuelva a pasar. Para este tipo de menesteres la mente será nuestra más fiel aliada.

Pixabay/geralt

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De la misma manera, las creencias que hemos heredado a lo largo de nuestra vida filtrarán las experiencias que vivamos catalogándolas de positivas o negativas. Esto sucederá de manera automática y, casi siempre, sin que pase por el filtro del sentido común. Aquí es donde la mente y su contenido pueden convertirse en malos compañeros de viaje.

Lo antiguo resta frescura al momento presente

Si consentimos en permitir que nuestra mente se enrede en interpretaciones basadas en creencias inconscientes, es muy posible que nuestra vida pierda el color y la alegría. Cuando juzgamos aquello que nos ocurre en el presente poniéndole el filtro de las creencias, nos perdemos lo que en realidad está sucediendo.

Ante la mayoría de las situaciones, nuestra mente está programada para reaccionar. Esas reacciones provienen siempre de algo que nos sucedió en el pasado o incluso de algo que sucedió a las personas que nos educaron. Son mecanismos muy sencillos. Aunque tal sencillez no significa que no sean capaces de dar lugar a interpretaciones bastante complejas y, a menudo, dolorosas.

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El campesino y su hijo

Un campesino que trabajaba duramente la tierra con su hijo un día vio que su caballo un día se había marchado. Su hijo apenado le dijo:

-¿Qué desgraciados somos padre? ¡Ya no tenemos caballo!

– ¿Desgracia? Veremos qué trae la vida… – respondió el padre

Con el paso del tiempo el caballo regresó acompañado. Entonces el hijo le dijo a su padre:

– ¡Qué suerte hemos tenido padre! ¡Ahora tenemos dos caballos!

El padre volvió a decir: – ¿Suerte? Veremos qué trae la vida…

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Unos días después, el hijo intentó montar al caballo nuevo. Al no reconocer el caballo al jinete lo arrojó al suelo haciendo que este se fracturara una pierna. En esta ocasión la mente del hijo volvió a decir:

– ¡Padre! ¡Somos desgraciados de nuevo! Con la pierna rota no podré ayudarte en el campo-.

De nuevo, el padre en su gran sabiduría dijo: – ¿desgracia? Veremos qué trae la vida…-

A los pocos días llegaron al pueblo los enviados del rey buscando jóvenes para enviar a la guerra. Al llegar a casa del campesino y ver el estado de su hijo siguieron su camino sin llevarse al muchacho por tener la pierna rota.

De esta manera el hijo del campesino entendió que nada es lo que parece y que aunque la mente se empeñe en etiquetar las experiencias, esa no es la realidad.

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Cada vez que permitimos, de manera inconsciente, que nuestra mente ponga una etiqueta de bueno o malo a aquello que estemos experimentando nos perderemos vivir el momento con todos sus matices. Nada es positivo o negativo en si mismo. La vida siempre nos traerá las experiencias que más necesitemos. En nuestra mano estará de qué manera las vivimos.


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Autoobservación, la llave hacía la salud

La forma de vida que llevamos nos obliga a no ser conscientes de muchas cosas. Tanto dentro como fuera de nosotros ocurren cosas que solo podemos apreciar si vivimos de manera más consciente. Nuestro cuerpo tiende a la salud y, para conservarla, nos envía señales que nos indican qué es lo mejor para nosotros. Lamentablemente, muy a menudo, no escuchamos esas señales o, en el peor de los casos, las reprimimos o ignoramos. De la misma manera, determinadas emociones, que nos vendría bien atender, tampoco son tenidas en cuenta. Solo con un poco de autoobservación nuestra calidad de vida mejoraría considerablemente.

¡Escuchaté! ¡Dentro de ti hay vida!

Nos hemos acostumbrado a desarrollar una actividad frenética como si nuestra vida dependiera de ello. Corremos desde que nos levantamos hasta que nos volvemos a acostar. Creemos de que la  mejor manera de tener éxito y alcanzar la felicidad es perseguir meta tras meta. En base a estas creencias es fácil observar a la gente por la calle moviéndose a toda velocidad y con la mirada perdida sin prestar atención a lo que pasa a su alrededor. Cabría preguntarse si eso tiene alguna relación, aunque sea indirecta, con ser felices. Creo que no…

Debido a este modo de vivir, nos comunicamos muy poco o nada con lo que está ocurriendo en nuestro interior. Aunque no seamos conscientes, cada segundo, hay una actividad incesante y necesaria allí dentro. Nuestro organismo se emplea a conciencia en proporcionarnos salud y equilibrio. Al mismo tiempo, nosotros no dejamos de agredirle y no tenemos en cuenta los síntomas que nos avisan de a qué deberíamos de poner atención.

El poder está en tu mano

Si fuéramos conscientes de esas señales internas y les diéramos la importancia que merecen, serían pocas las veces que tendríamos que acudir al médico o utilizar medicamentos. Quizá este razonamiento te parezca absurdo pero te aseguro que tiene mucho de cierto.

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Desde que comenzamos el día vivimos ajenos a cualquier señal que recibamos de nuestro propio cuerpo. Por ejemplo, ¿quién no se levanta por la mañana muerto de sueño deseando tomar café para poder comenzar a funcionar? Mucha gente. Algo tan cotidiano como esto no es natural. Para que nuestro cuerpo funcione bien necesita haber descansado y el hecho de levantarnos sin sueño significa que no necesita más descanso. Es cierto que para eso habría que respetar la hora de acostarnos. Una vez más, deberíamos estar atentos a cuando comenzamos a sentir sueño y acostarnos en lugar de seguir viendo la televisión.

La autoobservación

Si pudiéramos vivir de manera más tranquila podríamos percibir lo que sentimos y lo que necesitamos con más claridad. Comeríamos cuando tuviéramos hambre. Descansaríamos cuando estuviéramos cansados. No comeríamos lo que no nos sienta bien. Haríamos ejercicio cuando el cuerpo nos indicara movimiento. Podríamos decir que llevaríamos la vida que necesitamos. ¿A qué esperamos para llevarlo a cabo?

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Cuando vivimos una vida más consciente, la autoobservación también nos ayuda a saber qué sentimos y qué no sentimos. Nuestra brújula interna es capaz de mostrarnos qué es lo mejor para nosotros en cada momento y situación. Solo necesitamos saber que esa brújula existe y seguir sus instrucciones.

 

Hemos olvidado que un día llegamos a este mundo con todas las herramientas para una vida plena y feliz. Nos hemos acostumbrado a vivir de forma desnaturalizada como si no existiera otra. ¡Despierta y mira hacía tu interior! ¡Allí es donde están todas las respuestas!

 


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La diferencia entre felicidad y alegría

La alegría está pasada de moda. Hemos relegado esta bella palabra al olvido y ha sido sustituida por otra palabra parecida pero que no es igual: la felicidad. Podría parecer que ambas palabras son similares. Sin embargo, cada una de ellas nos habla de cosas muy diferentes. Vamos a ver en que consiste la diferencia.

Alegría en momento presente

Cuando yo era una niña la alegría era un estado en el que muchas personas se encontraban de manera natural. Esta alegría no tenía nada que ver con nada exterior a la persona que lo experimentaba. Recuerdo a personas cantando mientras hacían cosas que hoy en día serían consideradas como trabajos pesados y que nadie querría realizar. Sin embargo, esta alegría acompañaba a muchas personas.

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En general, si miramos hacía el pasado es fácil darnos cuenta de que la cantidad de confort y bienestar era menor, según nosotros lo juzgamos en este momento. Pocas gratificaciones eran instantáneas, la vida tenía un ritmo bien diferente. Eran pocas las personas que se pasaban el día corriendo como se hace hoy en día. La forma de entender el mundo era radicalmente distinta. El hecho de no obtener las cosas a golpe de botón, como en la actualidad, hacía que el tiempo tuviera otro significado. Se podía vivir en el presente tranquilamente. Los sueños de futuro no empujaban a la gente hacía la próxima experiencia de manera urgente. En general, no se perseguía la felicidad a cualquier precio. De esa manera, vivir el presente con alegría era algo que muchas personas hacían de manera habitual.

Felicidad, un sueño de futuro

Según nuestra sociedad se fue mecanizando las cosas comenzaron a cambiar. Teóricamente, todo comenzó a ser más fácil y mucho más rápido. Nos vendieron que esa facilidad y rapidez eran grandes ventajas. Pero ¿es esto una realidad?

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La aceleración que caracteriza nuestra forma de vivir nos ha sacado de nuestros ritmos naturales. Esos ritmos, que la naturaleza sigue conservando, son los que nos permiten vivir de una manera armoniosa. Toda ese culto a la velocidad solo ha conseguido movernos de nuestro verdadero centro y hacernos anhelar algo que llegará en algún momento para hacernos sentir bien. Eso algo se ha venido a llamar felicidad. Son muchos los eslóganes publicitarios que nos prometen “alcanzar la felicidad” a cambio de esto o aquello. Pero ¿realmente, la felicidad se “alcanza” o se nos escapa de las manos de manera continua?

Alegría y felicidad de la mano

Si queremos realmente ser felices tenemos que ser capaces de cultivar la alegría. La alegría, esa palabra que huele a primavera, está dentro de nosotros esperando ser descubierta. Sin embargo, mientras que nuestro interés esté puesto en alcanzar la felicidad, la alegría seguirá siendo sofocada y anulada.

El ser humano aterriza en la materia con la alegría integrada entre sus muchas funciones. Es la alegría que acompaña a los niños cuando son pequeños y aún no han sido adiestrados por los adultos. Es la alegría sin causa que sentimos cuando nos hacemos uno con aquello que hacemos. Esa alegría es la verdadera felicidad que nuestra sociedad nos vende con promesas de futuro. Solo de nosotros depende darnos cuenta de dónde se encuentra realmente.

 

¡Despertemos del sueño en el que estamos sumidos! Ser feliz es posible pero solo aquí y ahora. La felicidad siempre vendrá de la mano de la alegría de vivir que nos ofrece el momento presente.

 

 


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El poder de la aceptación

La felicidad es un estado que todos buscamos lo sepamos o no. Cualquier ser humano pone el deseo de ser feliz en el primer lugar de su lista de aspiraciones. Hacemos cualquier cosa por conseguir esa felicidad pero muchas veces se nos escapa de las manos. Uno de los caminos más cortos para ser feliz es ser capaz de vivir con aceptación aquello que nos sucede. Sin embargo, son pocas las personas que conocen este secreto tan sencillo.

Lo que ya es no puede ser cambiado

Dependiendo de la forma de ser de cada persona la reacción ante diferentes situaciones variará. Las personas más agresivas suelen enfrentar aquello que no es de su agrado intentando cambiarlo. Existen otras personas sin embargo que, ante la misma situación, se resignarán y llevarán “su cruz” como puedan. Tanto en un caso como el otro. la persona sufrirá sin ninguna duda.

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Aquel que se lance a la lucha por cambiar una situación sin antes haberla aceptado plenamente, basará su acción en una reacción poco funcional. Así mismo, la persona que se resigna y evita hacer algo, probablemente, se pierda oportunidades que surgirían de la acción si la llevara a cabo.

El ego y su delirio de grandeza

Nuestro pequeño ego vive con la ilusión de controlar su realidad. Debido a ello, se lanza a la conquista del mundo olvidando que su propia creación fue programada sin su participación. El ego cree que el mundo y todo lo que en el sucede debe de obedecer, únicamente, a sus deseos. Desde esa creencia desarrolla su andadura por la materia ahogado en lucha y competitividad con otros egos como él.

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Aunque nos cueste darnos cuenta, la realidad que vivimos se desarrolla, en la mayoría de los casos, de maneras distintas a lo que esperábamos. Ante esos inesperados giros del destino el ego se levanta y se enfrenta a lo que está sucediendo o, en muchos casos, simplemente a resistirse porque sí.

Cuando suceden cosas en nuestra vida que contrarían nuestras expectativas, lo mejor es hacer las paces con ellas. Desde la aceptación de aquello que aparece, la acción que llevemos a cabo siempre será más eficaz. En muchas ocasiones confundimos aceptación con resignación. La aceptación nos da un poder que la resignación nos quita.

Aceptar es un comienzo mientras que resignarse es un final.

Detente, observa y acepta

Sea lo que sea lo que acontezca en tu vida el poder de decidir como reaccionas solo lo tienes tú. Las circunstancias pueden ser de los más adversas pero tu decisión de aceptarlas les dará un toque mucho más liviano.

Ante cualquier situación, lo primero que debemos de hacer es pararnos y observar. Esta pausa puede ser un rato de meditación, un paseo o,simplemente, un rato de recogimiento interior. Desde ahí, si aceptamos plenamente lo que está ocurriendo, nos daremos cuenta de nos sentimos con un mayor control de los acontecimientos. La aceptación es la llave maestra que nos lleva a vivir una vida más consciente y más humilde.

El hecho de aceptar la vida como se presenta nos resta protagonismo a la vez que aligera nuestra carga de estar al mando de todo.

 

Haz un hueco a la aceptación en tu vida y verás como el vivir se convierte en una gran aventura siempre a tu favor.

 


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Quiérete para adelgazar

Mantener el peso deseado en una sociedad que ofrece tanta variedad en alimentación es difícil de conseguir. Son muchas las personas que prueban todo tipo de dietas sin obtener resultados duraderos. Además, muchas de esas dietas, pueden ser perjudiciales por diferentes motivos. Si quieres adelgazar de manera permanente lo mejor que puedes hacer es ordenar tu mente. Las personas que mantienen su peso o adelgazan de forma duradera tienen un perfil psicológico muy diferente a aquellas que no lo consiguen. Vamos a ver de qué se trata.

El efecto de las dietas

Desde el minuto número uno en que una persona comienza una dieta la ansiedad hace acto de presencia. El esfuerzo y la disciplina serán compañeros obligados durante todo el proceso. Será necesario cambiar ciertos hábitos, quizá pesar los alimentos, y en muchos casos, pasar hambre. Si sumamos a todo esto el miedo al fracaso resulta imposible que no nos enfrentemos a cualquier intento de perder peso sin ansiedad.

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Durante algún tiempo es posible que la dieta funcione e incluso que lleguemos a perder algún kilo. Pero, si somos sinceros, al cabo de cierto tiempo, mucha gente acaba abandonando la dieta y cogiendo algún kilo más de los que perdió. Esta situación se puede repetir a menudo en la vida de muchas personas. Pero, ¿hay alguna manera de perder peso y no volverlo a recuperar?

Otro planteamiento

La realidad es que el mayor problema que tienen las personas que no adelgazan está en su mente más que en su estómago. La mejor manera de llegar a tener el peso ideal y no engordar es amarnos a nosotros mismos sobre todas las cosas. ¿Recuerdas esa frase tan conocida de: “Ámate a ti mismo como a los demás”? Pues eso, el primero debe de ser uno mismo.

Cuándo una persona se ama a sí misma no hará cosas que le perjudiquen. Afortunadamente, hoy en día existe mucha información acerca de lo qué es comer sano. Entonces, si tenemos acceso a todo ese conocimento ¿por qué no lo utilizamos? ¿por qué no alimentarnos de comida sana y nutritiva y evitar aquello que nos daña? Porque nos queremos poco.

¿Qué es comer sano?

No hace falta ser un experto en nutrición para saber cómo hacer una buena dieta. La mejor manera de comer sano es llevar a tu mesa alimentos que estén muy poco o nada procesados y que sean lo más frescos posibles. Con estas dos observaciones es posible estar sano y no engordar comiendo la cantidad que nos apetezca.

Si tu alimentación es rica en verduras, frutas, cereales integrales, legumbres y semillas no tienes que preocuparte de nada más. Verduras al vapor, mucha fruta, granos enteros y frutos secos y legumbres en cantidades moderadas serán tus alimentos de cada día para no engordar. Olvida las cantidades, las monodietas y las calorías. Además de eso evita todo tipo de alimentos procesados, los refrescos, el azúcar, los lácteos y sus derivados.

No es necesario restricción alguna de ese tipo de alimentos ya que son tan nutritivos que tu cuerpo los aprovechará al cien por cien y, por lo tanto, la ansiedad desaparecerá.

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Agua y ejercicio

En muchas ocasiones sentimos vacío en el estómago y creemos que necesitamos comer cuando lo que nuestro cuerpo nos está pidiendo es agua. Es posible que tomando un vaso de agua a menudo la sensación de hambre desaparezca.

Si a una alimentación sana y a una buena hidratación le añadimos ejercicio moderado practicado de forma habitual, es muy difícil que volvamos a tener problemas de peso.

 

Si te quieres y te pones en primer lugar pocas veces te alimentarás de comida basura. Mereces lo mejor y si así te lo ofreces a ti mismo tu cuerpo reflejará todos esos cuidados.

 


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La importancia de hacer un buen duelo

La muerte, aunque no seamos conscientes de ello, forma parte de la vida. En nuestra cultura la muerte es un tema tabú del que nadie quiere hablar. Cómo mucho, algunas personas, se permiten utilizar el humor negro para quitarle hierro. Sin embargo, si tratáramos este tema de forma más consciente, nuestra forma de vivir sería muy distinta. Así mismo, normalizaríamos el proceso y el llevar a cabo un buen duelo.

¿A qué llamamos duelo?

Cuándo sufrimos una pérdida, del tipo que sea, necesitamos ser capaces de experimentar un duelo. Tanto la pérdida de una identidad a la que nos aferramos, como el abandono o la muerte, son situaciones que nos harán experimentar turbulencias emocionales.

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Cada persona experimentará este proceso de manera distinta pudiendo aparecer una enorme gama de síntomas de toda índole. La tristeza, la negación, el miedo, la ansiedad, la confusión, etc.

Las pequeñas muertes

Si viviéramos de una manera más consciente, nos daríamos cuenta de las pequeñas muertes a las que nos enfrentamos a menudo. De esta manera, aprendiendo a “morir”en las pequeñas cosas, nos haría más fácil el encuentro con la muerte con mayúsculas.

El hecho de enfrentarnos a una pérdida, del tipo que sea, nos conduce a una experiencia emocional que denominamos duelo. Si llevamos a cabo este proceso adecuadamente nos adaptaremos bien a la nueva situación. La herida causada por la pérdida necesita de cuidado y tiempo para poder ser sanada.

Pixabay/Karen_Nadine

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Fases del duelo

Aunque no todo el mundo lo experimenta de la misma manera, existen cuatro fases por las que se pasa cuando experimentamos una pérdida:

  • Negación. En un principio parece imposible que aquello haya sucedido. Con esta negación intentamos controlar de alguna manera lo que ya no se puede controlar. Esta es una etapa de gran bloqueo. Algunas personas no niegan la pérdida pero si niegan el dolor que sienten.
  • Enfado. Sentirnos enfadados es muy humano y normal en estos casos. De hecho, es muy saludable ser capaces de contactar con la rabia que sentimos.
  • Negociación. En esta etapa, algunas personas, imaginan que pueden hacer algo por revertir lo que ha pasado. Intentan, de diferentes formas, encontrar soluciones que no son reales.
  • Depresión y tristeza. Según pasa el tiempo, la persona se va permitiendo sentir la tristeza y el dolor. Esta es una etapa en la que la energía es muy baja. Aún así, una vez aquí, la reconstrucción de la vida después de la pérdida ya se podrá producir
  • Aceptación. Cuando ya hemos sentido todo lo anterior llega este último paso. Aunque no es fácil aceptar, la mejor forma de enfrentar el futuro es a través de la aceptación de lo que ha sucedido. Es una ardua tarea pero merece la pena. Es importante no confundir aceptación con resignación.
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El vivir es un proceso en el que nada permanece para siempre. Las pérdidas forman parte de la vida. Perdemos relaciones, situaciones, la juventud, a veces la salud, y en nuestra mano está ser capaces de soltar con facilidad. Además, si  tuviéramos presente no la posibilidad de esas pérdidas, nuestra vida sería más plena. En cualquier caso, cualquier pérdida debe ir seguida de un buen duelo que nos permita pasar a la siguiente etapa libres de cargas.