La normalidad no es perfección

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La normalidad no es perfección

Desde niños se nos ha enseñado que lo normal equivale a lo correcto. Es muy posible que en nuestra psique más profunda tengamos grabado que debemos acercarnos a la normalidad del grupo para ser aceptados. La palabra normal siempre habrá de ser contemplada desde un nivel subjetivo ya que dependerá del contexto donde se aplique. Lo que es normal en un sitio puede no serlo en otro. Paradójicamente, la necesidad de pertenencia coexiste con la necesidad de individuación. Entonces ¿es mejor ser normal o ser diferente?

Lo normal no es lo mejor

Como ya hemos dicho, desde muy pequeños entendemos que seguir la normalidad es lo mejor, lo más sano. En esta forma de pensar ha influido mucho la psicología dando demasiada importancia a lo que es normal y a lo que no. Es muy habitual que aquello que se sale de la norma sea etiquetado de patológico. Sin embargo, lo normal no tiene por que ser necesariamente bueno ni sano.

Unsplash/Third Serving

Por supuesto, el hecho de saber adaptarse a las situaciones y al entorno es un síntoma de estabilidad mental. No obstante, cuando hacemos de la adaptación la única necesidad, es posible que nos haga sufrir. Son muchas las personas que se exceden en la adaptabilidad en un intento de obtener aprobación y cariño aunque vayan en contra de su naturaleza más profunda. Esto no implica ni más felicidad ni más salud. Muy al contrario, negarse a uno mismo puede conducirnos a sentir que nos traicionamos.

Menos normalidad y más individualidad

Llegar a un equilibrio entre ser uno mismo y conseguir cierta adaptación social no es asignatura fácil. Sin embargo, llegar a ello te llevará a sentirte emocionalmente bastante equilibrado. Para conseguirlo, lo primero que necesitamos es conocernos y permitirnos ser quienes somos. Una vez conseguido esto habrá que practicar cierta flexibilidad a la hora de adaptarnos socialmente.

Son muchas las personas que confunden lo normal con lo habitual. Si reflexionamos detenidamente, nos daremos cuenta de que en nuestra sociedad hay muchas cosas que suceden de forma habitual que no son normales aunque nos hayamos adaptado a considerarlas así. Es muy posible que estas cosas tan «normales» ni siquiera sean correctas.

Unsplash/Aaron Burden

En definitiva, intentar acercarse demasiado a la supuesta normalidad puede esclavizarnos y acallar nuestra esencia. En nosotros está la capacidad de mostrar nuestra valiosa individualidad tan necesaria para crear la diversidad que caracteriza a la vida en el planeta.


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¿Es lo mismo aceptación que resignación?

Dentro del ámbito del crecimiento personal es muy común utilizar la palabra aceptación. Se da por entendido que hemos de aceptar aquello que nos sucede si queremos vivir en paz. Esto es una gran verdad, sin embargo, son muchas las personas que confunden la aceptación con la resignación. ¿Qué diferencias hay entre estos dos conceptos?

Las expectativas nos entorpecen

Para comenzar, es bueno tener en cuenta que luchar contra lo que ya es nos coloca en una posición absurda, siempre. Suceda lo que suceda, si ya está sucediendo, la forma más inteligente de vivirlo es aceptándolo. Esto se hace especialmente difícil cuando las circunstancias no se adaptan a la idea que teníamos de antemano acerca de cómo aquello debería de ser. Aun así, la aceptación siempre es un bálsamo.

Nuestro modo de vida nos empuja a intentar controlar aquello que sucede. Debido a esa inclinación al control, nuestra mente formula expectativas que, a la hora de la verdad, es posible que no concuerden con la realidad. Por este motivo, una de las mejores formas de vivir es tener la menor cantidad de expectativas posibles. Para lograrlo lo más fácil es entender que tenemos menos control del que creemos en aquello que nos sucede.

¿Qué es aceptación?

Como ya hemos dicho, aceptar es decir sí a aquello que llega a nuestra vida. Esto no quiere decir que nos guste. Algo puede no gustarnos y aún así ser aceptado sin condiciones. Esta forma de recibir las experiencias nos sitúa en un lugar privilegiado respecto a la lucha contra lo que es. Desde esa aceptación todas las acciones que tomemos procederán de un lugar de calma y no resistencia. Aceptando tomaremos decisiones siempre más eficaces y, casi seguro, fruto de una mayor reflexión y comprensión.

Cuando nos enfrentamos a cualquier situación queriendo luchar contra ella es muy posible que nuestro hacer esté teñido de negatividad y no veamos las mejores soluciones. La lucha siempre altera nuestro organismo y nos aleja de nuestra verdadera esencia.

¿Qué es la resignación?

La resignación se parece mucho a la rendición ya que es una actitud más pasiva que la aceptación. La aceptación es activa porque, aunque aceptando, nos permite hacer algo al respecto. Sin embargo, cuando nos resignamos entregamos nuestro poder. Resignarse es tirar la toalla y creer que ya no hay más alternativas.

Una persona resignada es una persona a menudo triste, sin esperanza. Esta emoción pone un muro entre quien la experimenta y el fluir de su vida. Parece que al resignarnos decidimos que ya nada merece la pena. Nos privamos del poder que nos da estar vivos para actuar. En definitiva, la resignación es una emoción limitante que deja a la persona a merced de sus circunstancias.

Unsplash/ Elias Domsch

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Elias Domsch

Aceptación y resignación se encuentran en polos opuestos. Ambas aceptan lo que está ocurriendo en un momento determinado pero la primera nos empuja y vigoriza y la segunda nos frena y debilita.